domingo, 10 de julio de 2016

El Aborto con Lawen como práctica de descolonización anti-heterowingkapatriarcal



Doris Quiñimil Vásquez

Iñche Doris Quiñimil Vásquez pingen, wariache iñche, mapurbe, champurria ka Santiago waria müley.
Soy Doris Quiñimil Vásquez, mapuche urbana o mapurbe y champurrea y nací en la ciudad de Santiago.

Hoy en [ R A N G I Ñ T U L E W F Ü ], en Entre ríos / Entre […]

Daniela Catrileo, Daniela Millaleo y Ange Valderrama Cayuman
“Nos hemos encontrado, hemos levantado un kolectivo.
Explicitando, aunque ya no nos inviten a más nguillatünes que
Somos mapuche. Somos champurria. Somos feministas y
estamos en lucha”.

Partimos, en primer lugar, explicitando nuestro tuwün –u origen territorial-, en nuestro caso wariache o de la ciudad y champurrea; y en segundo lugar, y desde este cruce quiltro, que somos feministas y que nos interesa hablar de aborto, construyendo una genealogía de experiencias y relatos desde el mundo mapuche que no niegue a otras genealogías, pues no somos un pueblo homogéneo, como ningún otro.

En este sentido, creemos urgente otras narrativas del aborto, demanda hegemónicamente ubicada solo dentro de la agenda feminista, lo cual intenté plasmar en el título de esta presentación: EL ABORTO CON LAWEN COMO PRÁCTICA DE DESCOLONIZACIÓN ANTI-HETEROWINGKAPATRIARCAL.

Teniendo como telón de fondo nuestros conocimientos situados (en el decir de Donna Haraway) y asumiendo que lo personal no sólo es político sino también teórico (como recuerda Carmen Gregorio) y kolectivo, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones de lamngen/hermanxs mapuche así como propias, recopiladas en mi tesis de máster (que versó de mi proceso autoetnográfico para la descolonización feminista de las categorías mujer, mapuche, urbana, a través del aborto”[1]). Esto con el fin de iluminar desde estas reflexiones encarnadas y situadas algunos desafíos y pendientes interseccionales a la demanda por territorio y descolonización mapuche.

Para ello las políticas de la sospecha son esenciales porque nos empujan a desmantelar, proponer, reformular y experimentar renovadas formas de habitar en los espacios públicos y privados cotidianos, como también lo son la escritura y la investigación “científica”, que han creado una suerte de Mapuchografía (en el decir de Herson Huinca Piutrin, 2012), es decir, el estudio y escritura de lo Mapuche desde un método científico occidental colonial etnofágico, que exalta los conceptos momificados de identidad y diversidad, hoy favorables al capital.

En este sentido, desmantelar la quimera neocolonial de la Otredad para pasar a la horizontalidad entre lamngen/hermanxs, redescubriendo con lxs otrxs que también son mi nosotrxs, tanto lecturas como lugares que nos sacan de los estereotipos monolíticos y coloniales de indix, terrorista, exóticx, víctima o mujer/madre; para resituarnos en la historia de nuestros devenires y luchas por nuestro derecho a "cambiar permaneciendo y permanecer cambiando" (como plantea Aída Hernández, 2001:212), nos incita a establecer trawün/encuentros y nütram/conversaciones entre lamngen respecto si el aborto podría o no (y por qué) incorporarse en nuestra agenda reivindicativa descolonizadora como pueblo.

Lo anterior porque el aborto hoy sigue estando entre la espada de un Estado que lo criminaliza en todas sus formas y la pared o muro de silencio y tabú del pueblo mapuche.

Así, por un lado, tenemos un Estado que no sólo no reconoce los derechos colectivos a la autodeterminación de los pueblos indígenas ni tampoco los derechos individuales de las mujeres a decidir el aborto, ni siquiera el terapéutico, sino que criminaliza las demandas de autodeterminación colectivas (vía Ley Antiterrorista) e individuales (vía penalización de todo aborto)[2].

En base a esta criminalización, Chile construye e impone la vivencia abortiva como un trauma, al hacer del aborto una práctica riesgosa (pues al ser clandestina las mujeres que abortamos en Chile arriesgamos cárcel; y las pobres, muerte o enfermedad) y una práctica monopolizada por el sistema biomédico, que lo hace físicamente doloroso y violento para nuestros cuerpos, y altamente costoso.

Por otro lado, el pueblo mapuche, producto de procesos y violencias coloniales hoy estigmatiza la práctica abortiva, convirtiéndola en un tabú, pues al revisar fuentes históricas y memorias de domo/mujeres mapuche se reconoce un tiempo en que las lamngen solteras y viudas eran dueñas de su voluntad y de su cuerpo[3], pudiendo tener sexo con quienes quisieran, sin importar la virginidad para el matrimonio; junto al conocimiento y uso de lawen o yerbas abortivas, aun cuando las machi, lawentuchefe y papay reprochen en muchos casos su uso. Pero este uso enrostra que a pesar de todo las mujeres mapuche seguimos abortando; y que el cuerpo no sólo es un espacio para la interiorización de opresiones y traumas, sino también de resistencias (como diría el ya legendario Foucault).

Desde esta perspectiva foucauniana es que pensamos que el aborto puede entenderse como una práctica corporal de resistencia; interesándonos discutir si esta resistencia se asume como reivindicación feminista (del derecho a decidir), mapuche (del derecho a resolver como lo hacían nuestras ancestras vía lawen), o que incorpora ambas reivindicaciones desde la crítica a los heteropatriarcados chileno y mapuche y la crítica anticolonial-antineoliberal, mezcla que entiendo claramente descolonizadora, y que he denominado antiheterowingkapatriarcal, utilizando ideológicamente la palabra mapuche wingka para referirnos y luchar contra sistemas de opresión neoliberales y neocoloniales impuestos violentamente por Occidónde, como los Estados, iglesias, transnacionales y obviamente la biomedicina.

Esta lucha descolonizadora se remonta a esa historia y memorias [claramente no oficiales sino entre paréntesis cuadrados], ya que quienes nos reconocemos y enunciamos como MAPUCHE, explicitamos que:
Somos producto de los quiebres, dominaciones, represión, desgarros, y también de las resistencias, adaptaciones, negociaciones que hemos vivido, o por las que hemos optado, en las circunstancias de dominación colonial en que estamos insertxs” ([4]2012:18).

Como explicita la maorí Linda Tuhiwai, el colonialismo todavía duele, destruye y se reformula. No es una etapa histórica del pasado, ni menos finalizada con la formación del Estado, como quiere hacernos creer la historia oficial evolucionista (Héctor Nahuelpan Moreno, 2012); sino que al contrario, se ha intensificado por el capitalismo, y se basa en políticas del despojo y colonización de todos nuestros territorios: tanto de la mapu[5]; como de nuestros cuerpos, subjetividades, memorias y kimün.

Ya que no tenemos la máquina del tiempo, y a pesar de los arduos debates respecto a si el patriarcado es o no un producto colonial, algo que no podemos desconocer es que hoy sí existe machismo en el pueblo mapuche.

Este machismo se evidencia en situaciones de violencia contra las mujeres, entendidas como problemas privados, invisibilizándolos y naturalizándolos, situándose las lamngen muchas veces como víctimas. También se expresa en el difícil acceso de las domo a espacios públicos-políticos de liderar; aun cuando los roles de machi y lawentuchefe se declaren roles de poder, se circunscriben como públicos-sanatorios-espirituales[6], pero no políticos[7]. Algo similar a lo que ocurre con las papay/ancianas y ñuke/madres, a quienes se les reconoce su rol fundamental en la prolongación biológica y cultural del pueblo mapuche, pero no su rol de agente de cambio cultural, imposibilitando el tener demandas paralelas[8] e instalando la encrucijada entre Derechos Colectivos y Derechos de las Mujeres. Por eso la lamngen Marilen Llancaqueo plantea que:

“La gran problemática [de las domo] es no ser una problemática, no poder plantearse unas problemáticas propias desde el género, sumarse a la general y no poder plantearse diferenciadamente; si no es para ocupar un rol de reproductora de la cultura, no cuestionadora, súper reproductora, pasiva y que mantiene el status quo y que tiene que ver con las vestimentas y las joyas, como objeto de decoración” (lamngen Marilen Llancaqueo, 2012).

Por esto, es que al igual que otras lamngen feministas como Verónica Huilipán y Relmu Ñamku, creo estratégico a la lucha descolonizadora el considerar el patriarcado mapuche un producto colonial, lo cual podría reflejarse en la categoría heterowingkapatriarcal, al forzar la integración a la lucha contra lo ideológicamente wingka y colonial, la lucha anti-heteropatriarcal feminista, pues comparto lo planteado por Itziar Ziga (feminista postporno vaska), en cuanto a que:

"No se han convencido aún de que ni el pueblo ni las mujeres ni las oprimidas serán jamás libres mientras conserven ese cerrojo patriarcal colonizador entre las piernas" (Itziar Ziga, Sexual Herria, 2011: 19).
Finalmente, en cuanto al aborto, el principal argumento en contra es la valoración suprema de la maternidad, ya que la domo mapuche debiese ser madre[9] para prolongar nuestro pueblo en peligro de extinción[10]. El rol de madre le otorga a las lamngen poder, status e identidad; y consolida su salud, ya que la infertilidad o tener pocxs hijxs es sinónimo de enfermedad, desgracia o maldición, como lo demuestra la siguiente frase de la ñaña Andrea Salazar:

Una mujer sana tiene que tener hijxs lo antes posible” y “con 25 años ya se le pasó el tiempo para tenerlxs[11], ya que “lxs hijxs son la prolongación biológica y cultural en el mundo mapuche” (ñaña Andrea Salazar).

De hecho útero en mapudungun es el lugar de lxs hijxs[12]. Así, emerge una suerte de maternidad obligatoria, que explica que el abortar suene disonante y sospechoso en mi pueblo. Más aún si sumamos el llamado animismo que respeta a todos los espíritus (incluyendo piedras o ríos); la influencia de las religiones hegemónicas; y la traumática vivencia impuesta del aborto en contextos de marginalidad y precariedad.

Como argumentos que podrían utilizarse en pro y en contra aparecen las denominaciones mapuche para el aborto, donde no existe consenso, utilizándose desde un allfün püñen o corte/herida del/a hijx de la madre a un Lai pu puträ o venía muertx en la guata-vientre (que des-estigmatiza dicha práctica); y los pewma o sueños que se utilizan para decidir, especialmente en caso del aborto terapéutico, ya que como plantea la lamngen Kuana Cheuquepan:

“Cuando una mujer va a ser madre, en este caso la mamá o la abuela, una machi o lawentuchefe, sueñan que esa guagüita viene mal, enfermita, con malformaciones, ahí recién entra el tema de los remedios, por la idea de no tener niñxs enfermxs que vengan a sufrir”.

Como argumentos a favor se reitera la libertad sexual histórica de las lamngen solteras; la práctica histórica del infanticidio (explicada en la misma lógica de no traer niñxs que vengan a sufrir); el reconocimiento del aborto como decisión personal y derecho de la mujer; y el uso de lawen abortivos vinculados al objetivo de descolonización del útero, hoy en manos del sistema biomédico y de farmacéuticas, a través de la famosa píldora. Pues como plantea la lamngen Daniela Millaleo:

“Si bien para las mujeres occidentales la píldora es una emancipación, ésta no es una libertad, ya que esclaviza nuestros úteros a la compra de un fármaco” (lamngen Daniela Millaleo, 2012).

Esta frase nos recuerda el programa farmacopornográfico de Beatriz Preciado; y nos incita a dejar las pastillas; a reencontrarnos con la küyen, con la luna que refleja nuestra menstruación[13]; a recuperar el lawen milenario (hoy amenazado por las transnacionales, los transgénicos y la biopiratería) junto con el conocimiento y control de nuestros cuerpos, entendido como ginecosofía, en el decir de Pabla Pérez, es decir: “no una ciencia de la mujer sino una sabiduría de las mujeres que emerge desde nuestros cuerpos”.

Dadas las diversas perspectivas del aborto surge la necesidad de debatir colectivamente y proponer posturas frente al aborto como pueblo, desde un horizonte de descolonización en general y del útero en particular; ya que el mismo Convenio 169 exige respeto a la cultura y formas de resolver de los pueblos, convirtiéndose el aborto en un nudo crítico para expresar autodeterminación personal y colectiva; y dar una salida a la encrucijada entre la defensa de nuestro pueblo y cultura mapuche (o derechos colectivos) y de nuestros derechos como mujeres (o derechos individuales).

Así aparece el aborto como una ventana para debatir (lamngen Giovanna Tabilo); una posibilidad de revitalizar, reencontrar y recrear la cultura en disputa (lamngen Enrique Antileo); y un pie forzado para tensionar la problemática [de las mujeres] de no ser problemática (lamngen Marilen Llancaqueo).

También como una decisión personal y un tabú colectivo (lamngen Beatriz Painiqueo); una práctica de resolución de la vida, que al ser negada por el Estado, implica resistir y luchar por nuestra decisión política y cultural de reinvindicar el derecho a resolver como lo hicieron nuestras ancestras (lamngen Sergio Caniuqueo); y una posibilidad y una respuesta al modelo wingka, invasivo y castigador de entender el fin de un embarazo (lamngen Marilen Llancaqueo), que lo hace una intervención costosa, con la cual se lucra; físicamente dolorosa y fisiológicamente violenta para nuestros cuerpos.

Por eso, como gran conclusión invito a descolonizar nuestro ser colonial desde abajo y sin permiso; deconstruyendo nuestros discursos y prácticas coloniales y machistas sustentadas en estas categorías heterowingkapatriarcales que tanto daño nos han hecho.

Y en el caso del aborto, como gran conclusión para el nütram/diálogo descolonizador como domo mapuche, como pueblo y como feministas propongo reivindicar la práctica ancestral del aborto vía lawen (que hay que estudiar respetando la “reserva de saberes" que nos recuerda Rigoberta Menchú, pero por los casos relatados no daña nuestro cuerpo), ya que soñando esta práctica podría integrarse como demanda de autodeterminación en el territorio soberano que también debiera ser el cuerpo, al permitirnos recuperar nuestra soberanía suspendida por los poderes hegemónicos, emergiendo como práctica corporal de resistencia anti-heteropatriarcal y anti-colonial, es decir, antiheterowingkapatriarcal.

Finalmente, este análisis puede servir para iluminar e integrar otras demandas también invisibilizadas, inapropiadas e inapropiables, desubicadas de los mapas disponibles de las luchas mapuche (como las de la comunidad LGBTIQ mapuche), como demandas de autodeterminación y autonomía, entendiendo el territorio como “ese lugar por donde la vida transita, por donde somos y dejamos de ser” (Aguirre y Santacruz, 2008, 6).

Por la soberanía de nuestros cuerpos y de nuestros pueblos: Chaltu may/muchas gracias y como exclamamos en mi pueblo ¡¡¡Mari chi weu!!!/10 veces venceremos!!!





[1] Tesis para la obtención del grado de Máster Erasmus Mundus en Estudios de las Mujeres y de Género, por la Universidad de Granada y la Università di Bologna, titulada “PETU MONGENLEIÑ, PETU MAPUCHENGEN. Todavía estamos vivxs, todavía somos mapuche. Un proceso autoetnográfico para la descolonización feminista de las categorías mujer, mapuche, urbana, a través del aborto” (2012).
[2] Tal como criminaliza el mal llamado conflicto mapuche, también para evitar la autodeterminación.
[3] Como lo plantea la lamngen Margarita Calfío (2007).
[4] En Héctor Nahuelpan, Herson Huinca, Pablo Mariman, Luis Cárcamo, Maribel Mora, José Quidel, Enrique Antileo, Felipe Curivil, Susana Huenul, José Millalen, Margarita Calfío, Jimena Pichinao, Elías Paillan y Andrés Cuyul, Ta iñ fijke xipa rakizuameluwün. Historia, colonialismo y resistencia desde el país Mapuche. Temuko: Ediciones Comunidad de Historia Mapuche.
[5] Incluyendo bosques, semillas, aguas.
[6] Roles que además se ven amenazados por la expansión forestal y los megaproyectos en territorio mapuche, extinguiendo las plantas medicinales (Painemal y McFall, 2000); o haciéndolas transgénicas.
[7] Que de hecho son folklorizados/exotizados y así cooptados por el sistema hegemónico.
[8] Ya que desde los esencialismos étnicos y feministas se jerarquizan estas demandas como nos recuerda Aída Hernández.
[9] Pues lo esperado por la familia, comunidad y sociedad en general (mapuche y no mapuche) es que una mujer casada tenga hijxs y ojalá varixs (Salazar, 2012b).
[10] De hecho hoy sólo se reconoce como indígena el 4,6% de la población en Gulumapu, y según estimaciones no habrían más de 1 millón de mapuche en un país con más de 17 millones de habitantes. Según el CENSO 2002 el 4,6% de la población es indígena y de ésta el 87,3% es mapuche (sumando la población menor de 15 años casi 1 millón de mapuche).
[11] Así una “mujer de aproximadamente 25 años, incluso en la actualidad, es considerada ya mayor para tener hijos/as. Esto no impide que lxs tenga a esa edad, pero se valora la maternidad más joven” (FOSIS/MIDEPLAN, 2006:22).
[12] Koñiwe (lugar del/a hijx); yallewe (lugar del/a hijx del hombre) o püñenwe (lugar del/a hijx del hombre).
[13] Por eso la lamngen Margarita Calfío propone el peküyen/te mira la luna o te está mirando o küyentun/hacerse luna; en vez de kutran küyen/enfermedad de la luna.

Diseño original por emerge y Sadaf F K.
Sitio Web por ZOEK