viernes, 26 de abril de 2013

Crónicas de viaje, en el tiempo y el espacio feminista


“Los géneros no pueden ser ni verdaderos ni falsos, ni reales, ni aparentes, ni originales, ni derivados. No obstante, como portadores creíbles de esos atributos, los géneros pueden volverse total y radicalmente increíbles”

“El género en disputa”. Judith Butler


Un año atrás

Eran las siete de la tarde de un siete de Diciembre. En una de esas salas de la sede que arrendamos, se veía a varias chicas conversar entre sí, un chico colocando el trípode de una cámara grabadora y otros dos colgando, con perros de ropa, retazos de género que tenían pintada la frase: “Taller Drag King”. Habíamos invitada a las chicas del grupo “Inquietando desde el margen” y en colaboración con el colectivo “La Punta de la Lengua”, preparamos nuestro taller.

La Marcha Mundial de las Mujeres – Chile se reunía para conversar con otrxs feministas. Compartimos recuerdos, historias personales; sucesos, lejanos y presentes, que nos habían construido como feministas. En un primer momento, pusimos en común nuestras disidencias respecto al género, aquellas veces en que desobedecimos los mandatos sexo-genéricos, miramos nuestros devenires como sujetxs que cuestionan los lugares hegemónicos, y en sintonía o desacuerdo nos pusimos en la conversación. Luego, nos dimos a la tarea de performar la masculinidad. Entre risas y silencios, cada unx pensó como ser un macho hegemónico, como hacer el ejercicio del género, ese que de tanto repetir se convierte en realidad.

Desde este taller hemos venido profundizando en el cuestionamiento de nuestro lugar en el escenario binarizado, hétero normativo y patriarcal, como feministas que trabajamos desde lo colectivo hemos ido generando estrategias que cuestionen la heterónoma y todas aquellas categorías que se piensan naturales y que generan jerarquías de dominación.

En otro continente

Dice la feminista Chandra Mohanty, que “hay Sur en el Norte, Norte en el Sur, y que esos términos siempre son relativos”. Yo puedo agregar que existe Europa del Este, en un este que funciona como Sur y un feminismo del Este en todas partes.

Durante el mes de agosto participe en el segundo Campamento Feminista Europeo realizado en Moroieni, Rumania, invitación que nos llegó desde la Marcha Mundial de Mujeres de Galicia, nuestras compañeras.

El día que llegue a Rumania me recibieron en su departamento de Bucarest, una pareja de lesbianas encantadoras, una de ellas me dijo en un perfecto castellano “esa es una casa feminista, un lugar seguro, eres muy bienvenida”.

En aquel momento sentí que esa seguridad feminista significada acogida, comunidad de activismos, interés por entenderse en la diferencia que evidenciábamos. Estar con ellas fue como esos enamoramientos tan furtivos como profundos que generan la necesidad de volver a encontrarse. Seguridad feminista que después del campamento se argumentó para fines totalmente distintos.

Durante los diez días de trabajo participamos en varios talleres, algunos preparados con antelación por los grupos que venían de los diferentes países, como el taller de políticas transfeministas que prepararon las compañeras del Estado Español. Otros, fueron armados entre quienes nos encontramos y compartíamos miradas y acciones, como el de defensa personal feminista, la situación de las mujeres en países que viven conflictos armados o políticas vegetarianas –veganas y feminismo. Uno de estos talleres surgió entre las cervezas de la tarde, el esfuerzo por comunicarnos en los diferentes idiomas y las ganas de crear feminismo, fue el “Taller Drag King”.

Entre Chiara y Margherita (dos italianas bolognesas, del colectivo Betty and books) y yo la sudaca india (como amorosamente me decían las chicas de Heuskal Herria), a partir de nuestras experiencias y las políticas que realizamos, compramos el pegamento chino para pegarnos los bigotes y diseñamos el taller en el que participamos 15 feministas de nueve países.

En un primer momento compartimos desde un lugar biográfico aquellos puntos de fuga de la hetero norma patriarcal, los relatos de infancias con torceduras de género, adolescencias intensas, deseos de subversión. En un ambiente de mucha confianza nos declaramos dispuestas a experimentar juntas aquella performance que nos ha sido presentada como un opuesto a lo que nosotras seriamos: la masculinidad. Por qué no podemos ocupar el espacio a nuestras anchas, por qué no hablar fuerte, por qué no andar en grupos con amigos mirando fijamente a los ojos a quien se cruce? Juntas lo hicimos. Luego de reflexionar sobre la performance de la masculinidad, realizamos varios ejercicios y nos vestimos como “hombres”, luego unas a otras nos pintamos la cara, nos pusimos barba y bigote y creamos un personaje. El género puesto sobre nuestros cuerpos tal como nos daba la gana.

El momento final, en el cual salíamos al espacio público produjo el remezón, las miradas de desaprobación, los comentarios sobre lo inadecuado de nuestra performance, el “peligro que estos talleres conllevan”, lo poco preparadas que están las mujeres para vivir algo así, fue parte de lo que recibimos de vuelta, de parte de algunas chicas feministas.

Las personas que participamos en el taller realizamos la performance de la masculinidad, diversas masculinidades, hegemónicas por cierto, pero al irrumpir en el espacio que dentro del campamento era público, no solo nosotras realizamos una performance, también muchas chicas feministas hicieron la suya: la performance de la femineidad, una femineidad también hegemónica que se ubica en un lugar victimizado, sin poder, permitiendo que los otros se tomen el espacio y al mismo tiempo sin conflicto, sin voces que manifestaran el malestar. Performances perfectas del binario que conocemos. Hombre/mujer, masculino/femenino, pacifico/violento.

Debo decir que el taller se realizó uno de los días finales del campamento, en mi casa ya todas me conocían y me habían visto con mis ropajes masculinos de siempre. El día del taller puse mi ropa a disposición y varias la usaron, yo solo me puse el bigote que acostumbro para ocasiones especiales, el resto fue vestir como lo hago día a día, no fue un gran cambio desde mi punto de vista. Pero el trato ya no fue el mismo, la puesta de bigote marco una diferencia.

Entonces me pregunto, ¿existe acaso un límite que separa a quien consideramos hombre o mujer?, ¿cuál es ese límite?, ¿cuánta masculinidad nos está permitida?

Cuando algunas compañeras manifestaban que el espacio de seguridad se había roto con la performance Drag King, me sentí al este del feminismo. Con algunas de las compañeras nos preguntamos, ¿seguro para quién?, ¿Qué feminismo se siente seguro obviando los procesos de otras?, ¿es la seguridad lo que buscamos dentro del feminismo?

Mi acercamiento al feminismo no se produjo desde el lugar de defensa de los sujetos mujeres, ni desde la reivindicación de la feminidad. Mi feminismo nació desde cierta incomodidad, desde una ambigüedad que hoy me acomoda mucho, y debo declarar que el feminismo no me ha entregado seguridad, ninguna. Me ha dado muchas compañeras de camino, me ha posibilitado discusiones, contradicciones una genealogía desde la que me hago parte, pero no seguridad.

Prefiero pensar el feminismo como lugar de transformación. Desde este cuerpo que deambula por el espacio público. Un cuerpo que ha devenido extraño con la marca de lo no normal, porque como dice una amiga mía “normal es un programa de lavadora”. Prefiero un feminismo que se interroga, que se organiza con otrxs, un feminismo que soy yo, yo con otrxs no siempre de acuerdo, pero presentes todxs.

Angélica Valderrama Cayuman. MMM-Chile
Estudia Lengua y Literatura inglesa en Universidad ARCIS.

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